Garfield se ha ido. Su pequeña presencia amarilla, lozana, radiante, guapísima, ya no estará más todos los días en la parada de los autobuses a Madrid, junto al río. Ahí le veíamos todos los que por el lugar solemos pasar. Ahí le veía yo, tres veces al día, esperando que le llevara su desayuno, comida y cena. Era algo increíblemente dulce y mágico, mientras subía a verle, a veces con sol, otras con lluvia o con vientos desatados, me acercaba lentamente y empezaba a llamarle con un suave silbido, o susurrando su nombre.
Inmediatamente contestaba con un maullido lagrimoso (a decir verdad era bastante lloroncito), y de repente aparecía desde cualquier parte, debajo de un coche, detrás de un árbol, tomando el sol, con alas en sus patitas, volando para encontrarse conmigo. Le enseñé y aprendió que si el tiempo era bueno, su comida estaría en un determinado lugar y si no lo era, la encontraría en otro lugar cubierto. Aunque estuviera muerto de hambre, siempre se tomaba su tiempo para lanzarme una mirada de agradecimiento y llena de cariño antes de atacarla.
Temiendo la llegada del invierno, frío y nieves, y deseando darle el hogar que merecía tener, un lugar de cariño, calor y alimento, decidí llevarle al veterinario para prepararle, medicarle y ponerle en condiciones de ser aceptado para compartir su vida con los seres humanos que tanto quería y recibir su protección. Pero Garfield, como otros muchos gatos callejeros, ya estaba enfermo, ya estaba condenado, ya no podía vivir. No había recibido las mínimas atenciones a las que tenía derecho y no había tenido ninguna oportunidad en su vida de gato. Nunca recibió nada y sin embargo, entregó mucho en esa su corta vida, alegría, agradecimiento, ternura, ronroneos, el placer de verle crecer y desarrollarse durante los cuatros meses que le conocí.
Garfield ha dejado en mí y seguramente en Juan Antonio, Isabel, Sandra, y otras muchas personas, un penoso vacío y una terrible sensación de impotencia. Quisiera vivir en una sociedad distinta en la que estos pequeños seres vivos, que en nada molestan y tanto entregan, tuvieran una oportunidad de nacer, crecer, retozar y a la larga, sacar de nosotros esa sonrisa interior, esa mirada suave que tanto cuesta encontrar en la vida cotidiana.
Todavía le veo sobre el pretil del río, esperando....., siempre esperando caerle bien a alguien, esperando ser acariciado y aceptado, esperando ser querido........
Y te seguiré viendo Garfield, siempre te veré allí......, esperándome.
Gabriela, en Rascafría, a 24 de noviembre de 2006.