Enviado por el adoptante de Blanquita
Kim del Sol.
El veinte de
Febrero de 1998 entró Kim en casa. Era un cachorrillo de madre Akita Inú y padre
Pastor Alemán que más que un perro parecía un osito de peluche.
Con sus tropezones
y sus enormes ansias de comerse los cordones de los zapatos ganó nuestros
corazones de inmediato. Hasta los más duros no pudieron hacer menos que rendirse
a su dulzura y encanto. Fue creciendo y dejó de hacerse pis en la casa cuando
decidió que su casa no eran las cuatro paredes entre las que había estado, no,
su casa era el jardín, su techo las copas de los árboles y sus paredes la valla
que lo rodean. Desde entonces nos asombraba con sus espontáneos cambio de pelo
(herencia de su madre). Corto casi todo el año, largo con los primeros fríos y
otra vez corto porque el frío no lo era bastante para él.
Cada día, cuando
llegaba a casa, me recibía con una piña, o un palo, o un guante que ''se había
perdido'', en la boca. Me hablaba con lo que tuviera en la boca pero sin
soltarlo
Si, he dicho bien,
me hablaba. Me decía: hola ¿has trabajado mucho?, ¿quieres que juguemos un rato
y te olvidas de los problemas?. Otras veces me regañaba porque era muy tarde y
desde las siete de la mañana no me había visto, me gruñía bajito mientras me
daba ''topetazos'' con la enorme y preciosa cabeza que tenía.
Cuando estaba un
par de días fuera, al llegar, entonces si que era un parlanchín, lloriqueaba, me
regañaba y acabábamos jugando y tirados por la tierra. Más de una bronca nos
hemos llevado por ponernos perdidos: ¡Parecéis dos salvajes!, ¡Queréis dejarlo
ya!... no oíamos, estábamos sordos, o como mucho nos mirábamos y nos decíamos
¿Y…?... a seguir jugando.
Tenía Kim dos años
y medio cuando llegó Kira (Kirita para todos). Una Schnauzer Gigante negra.
Llegó como amiga de juegos pero después del segundo celo él quería que fuera su
compañera. Kim nos gruño, se enfadó y su nobleza y su carácter le llevaron a,
con un tarascazo, marcarme la distancia a la que tenía que mantenerme de Kira.
Ella era suya, suyo el jardín. Era su territorio y él quería ser el macho
dominante. Jugarretas de las hormonas. Entre su veterinaria y yo decidimos
castrarle, esterilizarle se dice ahora porque suena menos peyorativo. Para él
fue un alivio y para nosotros un descanso. Salió a la luz su sempiterno carácter
de cachorro juguetón y desde entonces Kirita fue su amiga y nosotros sus ''compis''.
Las noches de luna
ladraba a las sombras y su ladrido grave y fuerte nos arrullaba al dormir
seguros porque él cuidaba de todos.
Las mañanas de
primavera correteaba junto con Kira, detrás de las torcaces que les robaban la
comida de la tolva o bajo las ramas de los pinos ladrando a las ardillas
trapecistas y sus crías. Era impresionante ver sus 57 kg galopando por el
jardín.
Hace un par de
años estaba Anita (mi hija, su amita) columpiándose sola en casa porque habíamos
salido a comprar cuando un desconocido con un pasamontañas saltó la puerta de la
valla y pasó al jardín. Anita nos contó cuando llegamos que se asustó y corrió
hacia la casa, pero antes de darse cuenta ella se había dado cuenta Kim. El
desconocido al verle correr hacia él saltó a la calle y nunca más volvió.
Recuerdo esto y lo cuento no para animar a los que adiestran los perros para
hacerlos feroces si no para animar a aquellos que creen que un perro no
desarrolla su carácter si se le castra.
Recuerdo las veces
que he salido al jardín en chándal y camiseta para arreglar las plantas o cavar
unos hoyos para los bulbos y no he podido hacerlo. Me quitaba la azadilla para
que le persiguiera, o me lavaba el sudor de la cara con su suave, limpia y
cálida lengua, o simplemente tumbaba sus 57 kg delante del rastrillo y no se
movía hasta que me ponía a jugar con él.
Su gran corazón le
mantenía noble, juguetón y feliz hasta hace unos días en que dijo que ya no
podía con tanta vitalidad.
Su corazón creció
con él pero no supo dejar de crecer y llegó el momento en que no podía empujar
su sangre.
Kim se cansó, se
quedó sin fuerzas. Hasta el último momento nos dio todo su cariño y toda su
vitalidad. El pasado día 12 a las cinco y cuarto de la madrugada Kim pasó de mis
brazos a correr por el cielo de los perros, que es nuestro cielo, sin cansarse,
feliz, avisando a todos allí que algún día correremos juntos y entonces verán lo
que da de sí una piña tirándola, trayéndola y peleando por ella.
Te echamos de
menos Kim del Sol, y Kira no quiere moverse del felpudo del porche. Por eso,
porque te recordamos y sabemos que si hubieras hablado un poco más nos habrías
dicho que lo hiciéramos, es por lo que esta tarde llega Blanquita a casa. Es un
cruce de Pastor Alemán y Mastín. Viene desde Pérrikus en la Sierra Norte de
Madrid quienes la recogieron al borde de la carretera y donde la han curado de
las quemaduras que se le produjeron en las almohadillas de las patas cuando
intentó, corriendo por la carretera detrás de los que habían sido sus amos hasta
ese momento, no perder de vista el coche del que la habían bajado.
La hemos adoptado
para que se haga amiga de Kira y para que con sus bobadas de perra grandota nos
ayude a no echarte tanto de menos, aunque sabemos que nunca llenará el hueco que
has dejado. Ella hará el suyo propio.
Kim, gracias por
hacernos mejores y no te canses mucho que tenemos que correr juntos otra vez.
Miguel A. Labaleta
Madrid, 19 de
Febrero de 2005