A Ayla, mi viejita gruñona:
No sé como empezar esta carta, pero antes de decirte adiós definitivamente
quería dedicarte unas líneas y agradecerte todo lo que a mí personalmente me has
dado.
Recuerdo el día que te ví por primera vez en el albergue, desde ese momento una
ternura especial me llenó por dentro. Y no hizo mas que aumentar cuando conocí
tu historia. Viviste toda la vida encerrada con gallinas y ovejas, con un dueño
que te trataba a patadas y sin saber lo que es el cariño y el respeto.
Así que cuando llegaste al albergue te diste cuenta de que no todas las personas
somos malas, conociste a los 11 años lo que es el amor, una cama calentita,
comida rica, unas caricias y palabras dulces. Esas palabras que yo cada día te
decía.

Qué sola me voy a sentir cuando no escuche tus aullidos mientras como manzanas,
¡cuánto te gustaban! y como me gustaba compartirlas contigo... Como te gustaba
que te diera tu medicación con una rica latita de carne o una salchicha y qué
mal estaba el jarabe para los mocos q te tenías que tomar todos los días.
No cambiaria ni uno solo de los días que he estado contigo, ni una sola de las
caricias que te he dado, daría lo que fuera por volverte a ver, por despedirme
de ti, por darte un último beso, por mirar esos ojos que todo lo decían, por
darte las gracias por demostrarme que el rencor en ti no existe y que confiaste
de nuevo en las personas aún después de haber sufrido mucho .
Me has enseñado tanto Ayla... y me has dado tanto sin tu saberlo que yo soy
la que tiene que darte las gracias por haber compartido conmigo casi un año, el
mejor año de tu vida. Te Quiero mi niña, mi lobita gruñona. Siempre estarás
conmigo, y yo siempre estaré contigo, porque te has llevado un trocito de mi
corazón.
Laura