HISTORIA DE ALDO, MI VIEJITO
Soy voluntaria de Pérrikus.
Presto mi casa para la acogida de perros que por distintas circunstancias no
pueden estar en el albergue, de forma que mi casa es refugio temporal hasta que
Pérrikus les encuentra un buen hogar definitivo (persona o familia adoptante).
A día de hoy son muchos ya los perros y gatos que he tenido acogidos, a todos les he querido muchísimo, de ninguno podré jamás olvidarme. Cada animal que ha entrado en mi casa ha sido una alegría y una fiesta en su llegada, una tristeza profunda en la despedida. Pero Aldo ha sido el único viejito, y yo no he querido a este perro, le he adorado.
Él, un viejito de trece años, ha sido el más gratificante de todos, mi experiencia más bonita hasta el día de hoy con los animales. A Aldo le debo más que a ninguno, de él he aprendido y disfrutado más que con ningún perro, gracias a una combinación de su personalidad, su triste vida, pero sobre todo, su larga edad.
A Aldo además le encontré yo misma en la calle, tomaba una cerveza en una terraza con unos amigos cuando apareció: chiquito, cansado, enfermo, sucio….. Pregunté en el bar si le conocían, me dijeron que llevaba años por el barrio, solito, pidiendo comida y rebuscando en la basura. Fue de una mujer que durante años vivió en el barrio y le sacaba a pasear con correa; un día esta mujer se fue de Madrid y dejó a Aldo en la calle.

Así llegó Aldo a casa, y cómo olvidar su felicidad durante estos seis meses y medio que ha estado conmigo, su forma increíble de mostrar agradecimiento, su alegría inmensa ante su cama, su radiador, su mantita, sus largas y tranquilas siestas, sus paseos de ritmo lento, sus profundos suspiros ante las caricias y las palabras tiernas.
Seis meses y medio es una larga acogida pero es que nadie quería adoptarle por su edad, y yo pensaba que perdían un tesoro, tan bueno, y siempre tuve la recóndita esperanza de que finalmente nadie le quisiera y pudiese quedarse para siempre conmigo. Pero por fin Pérrikus le encontró una maravillosa familia en Alemania, y yo debía tener hueco en mi casa para otro Aldo.
Hoy sé que es muy feliz. Su familia, una pareja, le quiso justamente por tener trece años, porque sabían lo que es convivir con un perro viejito. Esto me hace feliz. Muy dentro de mí se han quedado sus ojitos, su mirada tierna, su manera de andar y nunca podré agradecerle suficiente sus lecciones de sosiego, de paz, de alegría de vivir cada detalle. No fue un milagro que sobrevivieras, pequeño, indefenso, viejo, durante años en la gran ciudad, entre coches, entre gentuza a la que no le gustaría verte por las calles; no fue un milagro, es que querías vivir. Gracias mi luchador experimentado.
Gracias sobre todo a los adoptantes que han sabido entender que tras cada viejito se esconde un ser que puede y merece vivir, que sabe vivir, que regala a raudales vida..